Me fumé un cigarrillo
Tiempo había transcurrido desde que dejé el lápiz y el papel. Años habían hecho estragos desde aquellos días en los cuales escribía más con intenciones pretenciosas que con la correcta filosofía de la huella permanente y del nada más importa. La calvicie había aparecido, arrugas prominentes, y una continua inercia de letargo matutino aparecía en la habitual rutina; entrópico destino del cual nadie escapa. Las secuelas de una infame búsqueda me habían transportado a través de una odisea digna de ser contada al más intrascendente individuo; es decir, aquél que, tras sentirse identificado, se convierte en el verdadero destinatario de mis palabras.
Conducía mi vehículo tras un día de aquellos donde la calma súbitamente aparece. Extraño crepúsculo que se repite invariablemente semana a semana para aquellos condenados a esperar con desesperanza el efímero júbilo del invierno de la vida. Rayos dorados trasminan los verdes matices de árboles coronados por flores blancas que susurran agradables notas ininteligibles hasta al más entrenado de los oídos.
Aparqué junto al local, entré. Un hombre mayor sin piernas postrado en silla de ruedas me recibió con una mirada cargada de desprecio. Le miré y le dije:
—Un Marlboro rojo, por favor — sin dejar de observarme, y tras una pausa larga y un rostro de confusión me contestó:
—¿Un cigarro?
—Sí—, le respondí. El hombre hurgó debajo del mostrador con una fuerza de alguien que enfrenta un martirio en el campo de batalla. Tras un rato de pelea, sacó una cajetilla de cigarros y la aventó en el mostrador.
—Ábrela, me ordenó— Abrí la cajetilla, tomé el cigarro, y le di una moneda de 10 pesos.
—¿Tiene encendedor? —le inquirí. Buscó nuevamente debajo del mostrador, pero esta vez no tardó tanto tiempo como la primera. De un golpe colocó un encendedor azul sobre la mesa, lo tomé, encendí el cigarrillo, di una calada, dejé el encendedor en el mostrador, y me marché; no le dije nada. Pude sentir su mirada incipiente esperando algo, pero simplemente le ignoré.
Subí a mi motocicleta, conduje un poco y me detuve cerca de ahí. Jóvenes saludables de veintitantos con cuerpo de goma corrían despreocupados frente a la plaza donde vendían productos veganos; no importa, papá y mamá pagarán las cuentas. El sabor del cigarro me condujo invariablemente a aquellos años en los cuales, con delirios juveniles, me paseaba por la calle de las prostitutas, perdido en el mar del sinsentido y la anhedonia. Observaba el cielo azul tornasol que cada tarde asciende a la misma hora. El sonido peculiar de aquella ave me recordaba que esencialmente todo había cambiado, ahora había un propósito, su nombre: Mireya.